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Al mal tiempo, mala cara

Según el famoso psicoanalista Sigmund Freud, los chistes son una manera natural de canalizar la angustia y disminuir las tensiones que nos producen las emociones que reprimimos. Estudios más recientes demuestran que a través del humor se puede combatir el estrés, fortalecer el sistema inmunológico, disminuir los infartos al miocardio y los accidentes cerebro vasculares, atenuar el dolor y estadísticamente vivir más años.

En Venezuela la práctica de “hacer chistes” se ha vuelto una salida desesperada –y exagerada- de amilanar los problemas que afectan a los venezolanos.

No es nada extraño bromear con enfermedades graves, desgracias ajenas, dolor del prójimo o incluso de la muerte. No por nada se usa la irracional frase “Velorio sin chistes, no es velorio”.

Ahora bien, ya han sido vastamente analizados los beneficios terapéuticos de la risa, numerosos estudios han desarrollado varias teorías y corrientes curativas que reflejan el positivismo que la risa genera en nosotros. Incluso ruedan por las modernas teorías medicinales la famosa “Terapia de la Risa” que tanto resultado ha brindado a miles y miles de fieles que curan sus males a fuerza de reírse.

Como cualquier método de curación, todo está demostrado o por demostrarse y es allí donde entra este particular análisis de lo beneficioso -o no- que puede ser aplicar “humor” a todo lo que se nos pare en frente. Como dirían nuestras abuelas “ni tan calvo, ni con dos pelucas”.

La risa hace que nos olvidemos de los problemas –y su consecuente búsqueda de solución-, hace que distraigamos nuestra mente del día a día, logra que le consigamos el lado bueno a lo que nos ocurre, nos permite aliviar la pena que acontece y los efectos de ésta; en suma, esta maravilla natural de la genialidad humana es algo así como la sábila de las emociones. Ahora ahondemos un poco más en estos postulados que resaltan en cualquier escrito pro-risa.

Hace que nos olvidemos de los problemas: analizando en frío este enunciado nos damos cuenta que “olvidarnos de nuestros problemas” no significa resolverlos, todo lo contrario, conlleva a procrastinarlos casi inmediatamente y confinarlos inconscientemente al sótano del olvido convirtiéndolos en “algo” que nos perturba pero que no recordamos. Lo que es lo mismo: Sigo preocupado, pero no recuerdo porqué. El efecto, un aliciente temporal para escapar de los problemas y no plantear una solución efectiva que erradique sus efectos. Es decir, una manera de evitar la confrontación del problema y por lo tanto jamás encontrar sus necesarias soluciones. Para los que defienden esta teoría y aleguen que es “por un rato”, debería entonces considerarse horarios para chistes y no convertir la práctica del humor en una dinámica de 24/7 en nuestras vidas.

Hace que distraigamos nuestra mente del día a día: ¿Es realmente beneficioso distraer nuestra mente en un mundo en el que la globalización te obliga a enfocarte –contrario a distraerte- para lograr resultados positivos, eficaces y productivos? Se hace imperativo dejar de lado el uso del humor durante todo el día para que podamos encauzar todas nuestras energías, pensamientos y esfuerzos en lograr el éxito y la evolución que el ser humano necesita y sus consabidas consecuencias. Vale dedicar humor a lo que revista y no convertirlo en una muletilla emocional para disimular una vida carente de logros o ajena de oportunidades, que lejos de contribuir a nuestro surgimiento nos hunde cada vez más en ella. ¿Estamos realmente para distraernos?

Logra que le consigamos el lado bueno a lo que nos ocurre: Aquí quiero hacer una especial acotación: estoy 100% en acuerdo con buscar el lado positivo a las cosas. Pero en total desacuerdo a inventárselo cuando no lo tiene o a sustituir lo malo por lo bueno. No soluciona los problemas conseguir el punto blanco en la gota negra y decir que ahí acabó todo, pues la gota negra no desaparece y hay que dedicarle el tiempo y el esfuerzo para remediarla. No se trata de que no haya algo bueno, se trata de no anclarnos en eso solo para no esforzarnos por mejorar.

Nos permite aliviar la pena que acontece y los efectos de ésta: Si, alivia las penas en el momento que ocurre el chiste, pero ¿y después?, ¿cuándo resolvemos el problema? ¿Cuándo nos enfocamos en buscar la solución eficaz? Entonces no resulta tan alentadora una solución temporal a los problemas porque siguen estando allí. Y siendo sinceros: no alivia los efectos.

 

Voy a ilustrar lo que estoy diciendo, más por aclarar a los escépticos que por bromear sobre el tema:

Si –por ejemplo- estuviésemos en un país donde nos recomienden comer conejos porque no hay producción de proteína animal común, ¿realmente consideramos correcto hacer memes sobre el tema para solucionar el problema? ¿Está bien recurrir a la comodidad de decir “¿Qué más vamos a hacer? Hay que reírse para no llorar”? Es suficiente reír en lugar de analizar lo grave del asunto?

 

Ahora, y a manera de corolario, no estoy en contra de los chistes, no estoy en contra de alivianar las penas, mucho menos de que todos vayamos por el mundo con buenas caras. Propongo que se le dé su justa proporción a los chistes, al humor y que no se considere la única arma de ataque frente a las dificultades de la vida. El chiste es para reírse. El hambre, la muerte, la desdicha, la enfermedad: no.

El venezolano es extremadamente creativo e inteligente pero creo que si las energías estuvieran ganadas a conseguir soluciones y no chistes, la sociedad sería otra, el país sería otro y si tendríamos chance de reírnos por lo que realmente vale la pena reír.

Echemos un vistazo a todo lo que hemos tomado con humor cuando debimos tomarlo con seriedad, y hagamos retrospectiva utilizando otro camino. ¿Qué hubiese pasado?

 

 

 

 

Acerca del bloguero

Julio Monteverde