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Relatos Viajes

El Hombre Cabeza de Cochino

En mi vida he escuchado cosas insólitas pero pocas como ésta. Lo insólito de que este acontecimiento es que están vivos todavía alguno de los testigos presenciales, es decir, esta historia está basada en hechos reales. Les presento a continuación: El hombre cabeza de Cochino

San Antonio de Campo Elías de Aricagua es el más joven de los Pueblos del Sur de Mérida, una serie de poblaciones enclavadas en las montañas andinas conocidos por la calidez de su gente, el trabajo constante, y la producción agrícola. Campo Elías queda aproximadamente a 5 horas de la capital emeritense en rústico 4×4 siendo una de las carreteras más extremas del país.

Sucedió por los lluviosos meses de Mayo de 1988 según testimonio escrito del Cura Párroco. Marcos Ruiz era un hombre trabajador como todos los del pueblo, vivía en la comunidad de la Guayanita a unas dos horas a pie en carretera de tierra (o barro para aquellas épocas), pero había algo que lo diferenciaba de sus vecinos, Marcos nunca entraba al templo, nunca rezaba. Según testimonios orales había manifestado en continuas oportunidades que el día de su muerte no le rezaran ni le llevaran a la Iglesia.

Pues por estas épocas murió, y como las tradiciones a veces son más fuertes que las voluntades la gente hizo caso omiso de la petición del difunto y así prepararon el funeral. En casa rezaban avemarías mientras afuera se caía el cielo del chaparrón. En el centro el féretro con el difunto. Dos murciélagos revoloteaban por la sala y de vez en cuando chocaban con la vela de la Candelaria que alumbraba la habitación, dicen que el muerto no quería luz santa.

Al día siguiente es llevado a la Capilla, pero a medida que se acercaban al templo el difunto se iba haciendo más pesado, la gente recordaba aquellas palabras de Marcos cuando tenía unos michitos (bebida alcohólica andina)  encima: “Cuando yo muera no me lleven a la Iglesia”.

¡Cómo les costó llevarlo hasta el altar!, entre empujones y ayudas llegó al lugar acostumbrado para hacerle los últimos rezos antes de echarle tierra encima.

Un olor putrefacto se apoderó del lugar, no sabían si era azufre o carne descompuesta. Un líquido rojo destilaba la urna, poco a poco los vecinos fueron abandonando el lugar (¿huyendo?) hasta que la Iglesia quedaron unos cinco o seis, entre ellos prefecto del pueblo.

No podían esperar, debían enterrarlo pronto. Detuvieron el rosario y cargando la pesada urna partieron hacia cementerio. La tempestad era inclemente y la espesura de las oscuras nubes anochecieron el día. La caminata mortuoria era acompañada por el tamborileo de las centellas que iluminaban el camino.

Llegaron al lugar señalado, el agujero estaba listo donde descansaría Marcos por toda la eternidad, al prepararse a enterrarlo. Una ráfaga de viento hace tropezar a uno de los cargadores y la puerta del féretro se abre con una rapidez insospechada para descubrir los más insólito de la historia, el rostro del difunto estaba convertida en un feo Cerdo Negro.

Acerca del bloguero

Jose Luis Toro

Sacerdote Venezolano
Bloguero - Lic. Teología.
Amante del Buen Café